La obra de arte en tanto objeto dialogante y discursivo se proyecta hacia una recepción tipo; supone desde su gestación una experiencia que hace del espectador un cierre de esta misma, elevando y ampliando las premisas originales en torno a las cuales la obra fue desarrollada y expuesta: posee un relato propio que anhela proyectarse y legitimarse desde el momento de su consumación, previa noción primera. Es por ende que al enfrentarnos a la obra participamos de ella de manera fundamental aun asumiendo una actitud pasiva, como lectores u observadores de un fenómeno que se realiza en y desde ese instante. De ahí entonces que la presencia de una obra, la elección del sitio del suceso, no es gratuita en vistas de las necesidades de ese relato de ser visto: posicionar a la obra y su relato debe por tanto satisfacer las cualidades estéticas propias del objeto artístico en cuanto experiencia a la vez que debe hacerse cargo de rearticular las diversas significaciones que ocurren dentro de dicho relato. Por esta razón, el ejercicio curatorial requiere de un conocimiento amplio de la obra y su puesta en escena pues merced de su correcta ubicación la obra podrá llevar a cabo su cometido de manera efectiva.
La labor curatorial vincula a la obra en un radio de acción más amplio y también más específico dando realce a cualidades que considera trascendentes en virtud de las estéticas. Aun así, con independencia de cuales sean los atributos más sobresalientes, el valor de la curatoría consistiría en otorgarle a la obra la capacidad de experimentarse desde si misma como su propio relato, amplificado a partir de plataformas exhibitivas que reposicionan los discursos inscritos de la génesis de la obra en adelante; la obra curada es Una subrayada dispuesta a ser experimentada desde ángulos escogidos.
En relación a esta no gratuidad de la obra, su relato y lugar de exposición es que el proyecto “Territorio Sonoro” fue desde un comienzo pensado como una obra particular que se nutría de los rasgos y coordenadas de la vecindad de P.A.C. en torno a Galería Metropolitana, tomando a su vez en consideración las características propias de la galería así como su historia. Esta situación planteó ya al comienzo la dificultad de hacer coincidir la obra de Ana María Estrada – minimalista y sonora – con la apropiación del espacio de Gal. Met., habitualmente expansivo en su acción y discurso. Como se requería interpelar al barrio con una propuesta artística crítica y visualmente significativa, hubo que ampliar el espectro meramente sonoro a uno que hiciera referencia al lugar y a la obra de la artista, como una superficie de contacto, tipificada en la obra tipo o proyecto “Territorio Sonoro”.
Haciendo un recorrido por el lugar pudo hacerse visible la posibilidad de generar a partir de la noción de habitar, dado que una notable característica del lugar son sus casas readecuadas para distintas labores (talleres, peluquerías, bazares, etc.), una especie de casas +, donde Galería Metropolitana vendría a ser la casa-galería o espacio de arte. Otro hecho importante era la ubicación de la galería en la calle Félix Mendelssohn, que por el hecho de ser el nombre de un famoso compositor, indicaba una línea a seguir respecto de la relación alta cultura-cultura popular y arte-historia-sonido. Con estos parámetros la obra sonora de la artista debió hacerse más visual y más discursiva: se utilizó el nombre de la calle, para hacer referencia a la relación cultural mencionada anteriormente, dando énfasis a que los vecinos dimensionasen la existencia del lugar en que habitan, en virtud de la obra que rescata la figura histórica legítima de trascendencia sonora, mediante una melodía del compositor que es repetida dentro de la Galería durante toda la exposición. En relación a la singularidad del habitar, se decidió fabricar una jaula a escala del espacio de exhibición (1mt.5cm.x40cm.x40cm.) con canarios vivos, suspendida de otra (2mts.10cm.x80cm.x80cm.) a manera de cerco – sin cielo ni piso -, a su vez suspendida del cielo de la galería, para resaltar la simultaneidad de acciones que ocurren en un mismo espacio, trastocando la relación interior-exterior para dejar en claro la neta condición de convivencia y vecindad que la galería manifiesta. La utilización de pájaros, permite a su vez reiterar la condición de lo vivo, cercano, como objeto de exhibición, en relación al uso decorativo-utilitario que estos tienen por su condición de cantar, condición misma que es aprovechada por la artista para instalarse como eslabón visual dentro de la obra sonora suya. Finalmente la puesta de una radio a pilas, modelo tradicional-antiguo en el baño, habla de la gran cantidad de sonidos que ocurren en el sector, no permitiendo una clara distinción de espacios sonoros y auditivos definidos, y así como con los espacios habitables, así ocurre con éstos; es por esa razón que la radio sintoniza noticias (referencia a lo interior, cotidiano y popular) mientras interfiere la melodía de Mendelssohn. A este escenario dispuesto Gal. Met. otorgó nuevas directrices al intervenir su espacio de exhibición con dos obras- incluida “Territorio Sonoro”- más una tercera, en la calle misma, situación que reelaboró la visualidad del evento potenciando los discursos urbe-periferia de claro interés para ella.
Con esta plataforma, precisada por la ubicación de Gal. Met. como espacio de exhibición en permanente cuestionamiento de la institucionalidad del arte, y cómo casa-galería, “T.S.” se acerca también a una condición inclusiva propia del material con el que labora: el sonido. Una noción fundamental del acontecer bastase en el sonido al momento de presentarse; como un evento sin restricciones el sonido es captado por todos, independiente de la materialidad que lo provoca, asumiendo distintos códigos en un mismo lenguaje, que sin embargo puede ser modulado en claves que lo acercan a la cotidianeidad. El sonido como intérprete de la existencia diaria en la periferia, en su polifonía, hibridaje y situación, traducido a una visualidad proveniente de las artes plásticas, admite a partir de sí diversas voces que son reasignadas a un solo discurso. El evento sonoro que aquí acontece utiliza la galería como caja de resonancia para no solo hacer actuar al sonido sino también para que las particularidades, las coordenadas del sitio del suceso sean amplificadas desde su mismo discurso.
“Territorio Sonoro” apela por lo tanto al valor del sonido como herramienta de conocimiento de la experiencia estética a la vez que cuestiona la producción artística acerca de su realidad en relación a su recepción y trascendencia.
Andrés Grillo Cuello.




